La maña se pega: El sticker trend que heredó el graffiti ilegal

Los stickers son el nuevo barroquismo: desde la capital y Neza hasta Oaxaca y Monterrey, el arte adherible tapiza señalamientos, ventanas y muros. Lo documentó esta semana la crónica de Fábrica de Periodismo. Pero la estampa no nació ayer: es la heredera directa del graffiti ilegal chilango, con todo y su historia de redadas, tags y noches de adrenalina.
El punto de ebullición se llama Neza Shit, el festival de intercambio de stickers. La primera edición fue en un skate park junto a la estación Nezahualcóyotl del Mexibús y terminó cuando un escuadrón de policías municipales dio por terminado el evento. “Se terminó porque la banda es loca y empezaron a rayar el Mexibús”, contó Konart, uno de los organizadores. La segunda se movió al estacionamiento de la tienda Made x La Calle, cerca del Metro Tepalcates, sobre Calzada Ignacio Zaragoza, con señuelos incluidos: un automóvil y dos bicitaxis destinados a quedar fragmentados en miles de estampas. Como dice la crónica, es como lanzar un trozo de carne a un río infestado de pirañas.
Ahí anda El Fly (Irvin JH), vestido con un trafitambo verde, que lo resume sin adornos: “Lo que me late es la adrenalina de salir, poner el sticker y volver a pasar por esa calle y ver que ese pedacito de mí sigue ahí”. Para la próxima edición planea llevar un semáforo expropiado de alguna esquina de Pantitlán para que la banda lo llene de stickers.
La estampa tiene memoria larga. Charritos de la Calle (Miguel Ángel Leal) lleva veinte años regando por la ciudad su pieza de arte pop mexicano: una foto de Emiliano Zapata con la cabeza de Pancho Villa en alto contraste, chacaleada del restaurante La Casa de Villa. De morro fue skato y quiso ser porro porque sabía que eran ellos quienes pintaban los camiones. Antes del graffiti neoyorquino vio pintas como “Cetis 4 Vegeta” o “El Jamón Voca 8”, coleccionaba tarjetas de sonideros por el diseño de sus letras y atravesaba Circuito Interior, ya entonces una enorme galería de graffiti que rodeaba la ciudad.
El historiador de la calle es Ñero Marginal (Antonio Nieto), que conserva en carpetas los stickers que desprende de las paredes. Su línea de tiempo: los primeros stickers fueron las letras de los writers plasmadas con plumón en las pegatinas “HELLO my name is” de los eventos laborales. Cuenta que el graffiti de Los Ángeles precedió al de Nueva York y fue el que más enriqueció a los artistas urbanos en México, con esténciles influenciados por el muralismo mexicano. A finales de los ochenta, dice, la PGR organizó un encuentro de chavos banda entre México y Estados Unidos, con crews de Los Ángeles, y de ahí varios decidieron volverse grafiteros.
“La mayoría de los grafiteros en los noventa tenían posturas políticas”, sentencia Ñero, pero con el nuevo milenio convino más vender la idea del grafitero que sale de noche a hacer travesuras que la de quien hace acciones políticas. En los noventa, recuerda, muchos grafiteros estuvieron pegados al punk mexicano radical: “Veían en los punks a esos tíos a los que querían imitar”.
Hay un dato que explica por qué tantos writers se pasaron a la estampa. Alrededor de 2006, en los años más sangrientos de la guerra contra el narcotráfico, el castigo por pintar donde no se debía podía llegar a la tortura o la desaparición. Algunos dejaron de rayar paredes por el riesgo y consideraron menos arriesgado pegar una estampa que ser sorprendidos marcando un muro con pintura. Ese mismo 2006, dice Charritos, fue el año crucial: la “generación Nickelodeon” empezó a dibujar personajes de caricaturas como respuesta al wild style y al 3D, un estilo de letras que sólo hacían los grafiteros más especializados. A eso se sumó la revista Ilegal Squad, que dio a conocer en México a figuras como Obey, el programa Bulbo TV en Canal 22 y los primeros años de internet con Banksy circulando en la red.
El epicentro de la fiebre es la Colonia Algarín: imprentas, papel adhesivo y el Metro Chabacano como punto de reunión. Ahí creció Boy Fire (Roberto Alfaro), criado entre imprentas, que imprimía stickers para todos y pone los nombres en su lugar: “Mr. Fly levantó la calidad de los stickers en Cdmx… el Rabias, que es como el dios de los stickeros, es quien hizo la cantidad más loca de stickers… Ahora el nuevo Rabias es el Nuter“. Y en Isabel la Católica 297, Don Alex lleva 25 años vendiendo vinil y papel adhesivo en su local Adhesivos Alex: “Tráiganme su sticker que yo lo voy a leer. Yo sé leer los stickers de todas las personas”.
La calle también tiene sus voces oscuras. Gonzkk lleva tres años pegando stickers de figuras controversiales como D.B. Cooper, Charles Manson o el Unabomber. “En el street ahorita hay una corriente de pegar gatitos, caras y cosas lindas. Está bien, pero también hay lugar para lo oscuro y misterioso. Es válido hacer notar lo que no está tan chido de la vida”.
Las mujeres son minoría en la comunidad stickera y lo dicen claro. “Obviamente es más complicado para una mujer salir de noche a hacer grafiti ilegal. Si te encuentras a los puercos es peor”, dice la stickera TYKA. “La tira anda muy tensa en la ciudad, por eso luego se deja el grafiti para meterle al sticker”, asegura Pawa. Y Charritos pone el dedo en la llaga: “Ni los punks ni los grafiteros se atrevieron a pintar el Ángel de la Independencia. Nadie tocaba las esculturas de Reforma”. Para él, la gráfica más politizada de la ciudad es la del movimiento feminista.
El 1 de agosto, artistas de Oaxaca organizaron STICKR OAX en el Museo de Arte Contemporáneo y de las Culturas Oaxaqueñas (MACCO), quizá el primer intercambio de stickers en un recinto oficial de arte contemporáneo. El lleno fue total y después salieron a las calles a tomar señalamientos, semáforos y lo que se atravesara.
Como dice Ñero Marginal, en el street art no hay nada fijo, salvo una cosa: la apropiación del espacio público sin pedir permiso. La maña se pega.
Via + Fotos: Fábrica de Periodismo
